El aromático romero y su prodigiosa versatilidad jardinera
Santo, bueno, protector, altamente virtuoso como planta medicinal y culinaria por su riqueza en aceites esenciales, el romero es también una aventajada planta ornamental con milenios de historia en los jardines del sur de Europa. A su querencia por el clima mediterráneo, incluidos la sequía, el frío y el calor intenso, y los suelos pobres, suma un extraordinario repertorio de formas.
Los romeros pueden ser esbeltos arbustos de 1,5 m de altura, pero también desarrollar una extensa gama de formas rastreras e incluso tapizantes. Mantiene todo el año su follaje perenne, formado por pequeñas hojas coriáceas verdes con el envés blanquecino, y se cubre de florecillas bilabiadas de tonalidades azuladas, incluso rosadas o blancas, desde el otoño a la primavera.
El romero que Linneo denominó Rosmarinus officinalis, hoy Salvia rosmarinus, ha dado pie a cultivares de gran altura, como ‘Miss Jessopp’s Upright’*, de 2-2,5 m, pero también a un extenso Grupo Prostrata, al que pertenecen por ejemplo el ‘Boule’ —una selección muy habitual en los jardines por su porte bajo y redondeado, aspecto compacto y profusa floración—, y algunas formas llamadas genéricamente repens, densos tapizantes de unos 30 cm de altura que se extienden 1-2 metros.
Piezas clave en los jardines mediterráneos de bajo riego
La diversidad de formas de los romeros y su buena respuesta a la poda abren un gran abanico de usos en los jardines: plantas estructurales en setos formales o informales y nubes de distintas alturas, siluetas almohadilladas, alfombras o tapices. Se pueden plantar en masa o combinados con otras plantas de similares exigencias, así como en contenedores y macetas a pleno sol.
Su adaptación a los climas mediterráneos es total: aman el sol (en semisombra tienden a ahilarse), soportan el calor y el frío (-10 a -15º) y resisten la sequía. Su punto débil es el exceso de agua, sobre todo en invierno y verano. Aceptan cualquier tipo de suelo, aunque prefieren los pobres e incluso los arenosos y pedregosos. Crecen lentamente y responden a la riqueza en nutrientres con un desarrollo excesivo y una vida más corta. No se deben abonar salvo si se cultivan en contenedor.
Los romeros se consideran de bajo mantenimiento y son ideales para los jardines de bajo riego, incluso en la costa (aunque no en primera línea). La poda es clave para impedir que se vuelvan leñosos. Los romeros de los jardines y patios de Dehesa El Milagro, en Alcañizo, Toledo, diseñados por Clara Muñoz-Rojas y Belén Moreu, se podan tres veces al año, siempre sin tocar la base leñosa de las plantas: más fuerte en noviembre-diciembre; en abril-mayo para darle forma tras la brotación de primavera, y en septiembre para limpiar ramillas secas.
* Cuenta con el Award of Garden Merit (AGM) de la Royal Horticultural Society por sus buenas cualidades jardineras.
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