Jardines de Villandry: amor y geometría

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Jardines de Villandry: amor y geometría

Un estampado vegetal de figuras trazadas a escuadra y compás con setos de boj. Alegorías del amor, el sol o la música al gusto renacentista... y del imaginario de un español que a comienzos del siglo XX decidió restaurar el castillo y los jardines. Estamos en Villandry, en el corazón del valle del Loira.

Uno de los jardines temáticos más admirados de Villandry es el del Amor: cuatro cuadros con filigranas de boj que representan al sentimiento de los sentimientos en sus diferentes estadios. 1: El del Amor Tierno se dibuja con sencillos corazones rellenos de flores rosas entre las máscaras de un baile. 2: El Amor Apasionado, un caos calculado de corazones que se mezclan mientras se seducen; blancos, rosas y rojos, según su contenido de pasión. 3: Amor Infiel: los abanicos hablan de la volatilidad de los sentimientos, los cuernos no requieren explicación y en el centro del cuadrante, jirones de las cartas del engaño. Sus flores, amarillas, el color de la traición. 4: Amor Trágico: filos de cuchillos y espadas impregnadas de rojo-sangre se cruzan en duelo. La simbología del amor sirve para todo Villandry porque es fruto de la pasión por el reino vegetal.

 

El boj y las flores, pero también las hortalizas, son la materia prima de estos jardines. El huerto es una de las joyas de Villandry por su originalidad y contrastes de color.
El reputado doctor e investigador Joaquín Carvallo, nacido en Don Benito, Badajoz, abandonó su prometedora carrera científica en el equipo de Charles Richet, después laureado con el Nobel de Medicina, para dedicarse por entero al renacimiento de Villandry. Renacimiento en doble sentido: en 1906, con el dinero de su rica esposa norteamericana compró las ruinas del castillo, a punto de ser demolido. En su explanada, el paisajismo de estilo inglés, mucho más barato de mantener, había sustituido a los jardines originales del siglo XVI. Carvallo preparó la revancha: estudió durante dos años el sentido, la simbología y la técnica renacentistas para reconstruir los jardines de Villandry según su personal imaginario. Gracias a su empeño hoy son el corazón romántico del valle romántico por excelencia, el del Loira; 350.000 visitas anuales lo atestiguan.

 

Villandry no es un botánico, no se distingue por la variedad o el exotismo de sus especies sino por la calidad estética y sensorial lograda con el diseño de composiciones geométricas. Es la vegetación domada, planificada, para extraer de ella dos tipos simultáneos de belleza: natural, de cerca, y pictórica, de lejos. Los dibujos, como densos motivos de un tapiz, cambian con las perspectivas y las distancias en el paseo.

 

Un reino vegetal sujeto a la geometría

Los jardines se escalonan en terrazas a tres alturas buscando ese efecto, según la escuela del Renacimiento italiano, de la que bebe después el francés. El belvedere, y por supuesto las balconadas del castillo, ofrecen la perspectiva completa, abigarrada e impactante del cuadro.

 

La geometría no solo se impone en el diseño de las figuras: las flores que rellenan algunas de ellas se distribuyen en plantillas regulares. De lejos parecen los puntos de color de las viñetas del arte pop (por ejemplo de Roy Lichtenstein). Así, el boj y las plantas florales, sobre todo las rosas, son la materia prima del ajedrez de jardines que es Villandry.

 

Los setos crean figuras simbólicas en el Jardín de la Música: triángulos de distintos tamaños recuerdan a liras y arpas; junto a ellos, los candelabros que antaño se distribuían entre los músicos para iluminar sus partituras. Las lavandas en los huecos de los macizos añaden aroma al tributo musical. Tributo auténtico en los veranos, cuando se organizan conciertos de música barroca en los jardines, de noche, con la iluminación de miles de velas.

 

El Jardín de las Cruces, por su parte, expresa el profundo sentido religioso del científico español: los setos de baja altura dibujan la Cruz de Malta, la del Languedoc ¡y un lauburu vasco!

 

Muy cerca, el clásico Laberinto no se diseñó para confundir: el camino hasta su centro es único y el paseante debe recorrerlo en sentido contrario para regresar al punto de partida.

 

Unos jardines en expansión

Villandry sigue creciendo: hace pocos años se inauguró el Jardín del Sol, trazado según planos preparatorios del propio Carvallo. Un estanque central representa el disco solar, de ocho puntas, flanqueado por caminos trenzados que forman nubes y triángulos entre rosales, y por un espacio de juegos infantiles rodeado de manzanos ornamentales.

 

El agua también protagoniza el paisajismo en las fuentes a las que conducen los caminos entre los setos, pero sobre todo en el gran canal central y escalonado con saltos consecutivos que amplifican el rumor de la corriente. De hecho, otro de los jardines temáticos se dedica al Agua, el del gran estanque con forma de espejo Luis XVI, cuyo marco se forma con una rampa pronunciada y más allá parterres de césped. Carpas, patos residentes y ocasionales cigüeñas animan la quietud intimista del lago-espejo.

 

El huerto más bello

Para el final, una de las joyas de Villandry por su originalidad y sentido del contraste: el Potager, el huerto situado en la terraza más baja del conjunto y por lo tanto con la mejor perspectiva panorámica desde el castillo. Nueve cuadrantes trazados con filigranas geométricas puras, que no reproducen formas de objetos y buscan el impacto estético mediante las distribuciones, las marcadas diferencias de color (cambiantes además con las estaciones) y las densidades de las plantas a lo largo de su maduración. Ahí está el hallazgo: las especies usadas con tal sentido ornamental, apreciable una vez más en la distancia como los grandes lienzos, son de humildes zanahorias, coles, calabazas, apios, lombardas, pimientos, acelgas, puerros... eso sí, ennoblecidas con rosales.

 

No se trata de un capricho, sino de una larga tradición. El Renacimiento rescató esta costumbre de raíces medievales, cuando los monjes de las abadías convertían sus huertos en jardines que añadían placer estético y contemplativo a la simple necesidad de alimentarse.

 

El vecino Jardín Herbal hace lo propio con unas treinta especies de plantas medicinales, aromáticas y culinarias usadas en aquellos lejanos siglos.  


Más información:

• www.chateauvillandry.com

Desde el belvedere la vista de los jardines de Villandry resulta deslumbrante. Abajo, el castillo. El conjunto es una de las joyas del Valle del Loira. Copyright: Pirate C y Percy Kittens

Preciosismo y dedicación

Preciosismo y dedicación

La reconstrucción de los Jardines de Villandry duró una década. Tienen impronta española no solo por Joaquín Carvallo, que encargó tan delicada tarea a dos grandes paisajistas andaluces: Antonio Lozano y Javier de Winthuysen. Este último firmó después la recuperación de los Jardines de La Moncloa, en Madrid. La conservación y mantenimiento de su legado es la clave de Villandry. Un equipo de especialistas en arte topiario se encarga de podar a mano los setos de boj del conjunto, que puestos en fila alcanzarían 52 kilómetros. También cuidan uno por uno los 1.260 tilos que delimitan y enmarcan paseos y espacios temáticos. Las hortalizas, las plantas florales y las medicinales se renuevan cada año. Villandry dispone de invernaderos propios, que cada temporada producen 250.000 ejemplares para los jardines. Tanto celo es cosa de familia: los actuales dueños del castillo son los biznietos de Carvallo. Un aliciente más: el médico y su esposa norteamericana, que se enamoraron mientras discutían sobre la Guerra de Cuba (1898), amaban el arte español y su castillo exhibe una colección de lienzos y tallas firmados por Alonso Cano, Zurbarán, Juan de Arellano y Berruguete.

Un huerto ornamental

Un huerto ornamental

El célebre potager, el disciplinado huerto ornamental, es un alarde de colores en forma de hortalizas a lo largo del año. Cada uno de los nueve cuadrantes del huerto renacentista recrea motivos geométricos distintos. El color proviene de las coles y lombardas ornamentales, entre otras hortalizas. Foto: Benh Lieu Song

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verdeesvida nº 59